Un día. Veinticuatro horas. Muchos minutos. Muchísimos segundos. Y nada. Nada.
Aprendió a pensar y se olvidó de moverse. Aprendió a sentir y se olvidó de tocar. Aprendió a leer olvidando escribir. Aprendió a observar. Dejó de hablar. Eso lo decidió.
-"Tan sólo se extraña lo perdido y lo diste por perdido. Nunca se fue, sólo cambió. Ya no se trata de reflejos cuando hablamos de proyección. Te enseñaron a ignorar, a ser vacío. Tanto tienes y nunca lo pierdes. Decides extrañarlo"- dijo ante el espejo cuando lo coloqué frente a su mirada. Seguido cierra sus ojos, en seguida los vuelve abrir y nada, ya el espejo no funciona.
A la mañana siguiente había dejado sus cosas marchándose. Creo bien que la nada ya no habitaba en él.