De entre todos los adjetivos que puedas encontrar en la vida, calzamos en todos, digo yo. No obstante resulta que creemos lo contrario. Y así pasamos soñando nuestros pecados mientras caminamos los rutinarios pasos del día a día. Sí, nuestros pecados. Esos pensamientos que si quedaran al descubierto la vergüenza no se haría esperar.
Pero meditábamos sobre los adjetivos, de los calificativos siendo más concreto. Los usamos a diario pero con qué derecho. Hay veces que andamos diablos, otras como angelitos, inconscientes y conscientes en el recorrido de nuestra historia. Con qué derecho nos llenamos de arrogancia para sentenciar y determinar a las personas; a nosotros mismos.
Somos naturaleza y en ese orden estamos sometidos a sus leyes. Cambia, todo cambia decía Mercedes, y así cambiamos todos día a día, minuto tras minuto.
Para qué emitir criterio, juzgar y sentenciar a todo y a todos de lo que pensamos equivocadamente, alejados del orden natural. Pensamientos que condicionan el futuro a punta de fe. Nuestros pecados, y nuestros porque no hay quién se salve de ser hermosamente humano, adolecer de vicios y gozar de virtudes como para estar desapegado de su efímera arrogancia y diferenciarse de los demás. Ese es el pecado. Ese es el futuro que seguimos proyectando mientras sigamos criticando. Definitivamente le tememos al amor.
Pero para qué nos sentencio, si al ser naturaleza tenemos determinado cambiar. Ni tú ni yo somos más especiales que la vida y cualquiera que sea la fe que proyectemos, jamás seremos intransformables frente a la pretenciones de la existencia. La existencia es buena y sólo ella decide que es correcto.