Quiero dormir. No puedo.
El calor me atormenta pero sin causarme estragos. El sudor del cuello es consentido del inconciente si sopla un viento que le baje la temperatura. A veces las sensaciones se diluyen físicamente frente a la melancolía y felicidad de los recuerdos, pero insistimos en mantener el control de las emociones. Me limpio el sudor.
La vanidad me muestra el camino y en supremo acto egoísta mato de indiferencia al calor. Enciendo el acondicionador de aire y lo pongo al máximo. Lejos quedó el recuerdo de mis compañeros de cuarto, aquellos los siempre nototorios a la hora de dormir. La edad de hielo con ellos.
Después de tanta violencia, el sueño, la recompensa. Satisfacer los deseos con violencia permitió dormir mejor. Ojo, no soy violento.