Extraño ante el espejo, alcanzó la vista atrapar la sonrisa que sostiene la cordura firmemente en cada pie. Sonriendo, chorrea la densidad de la niebla, vuelve la seguridad a la pluma y encuentra la mano el coraje de enfrentarse al papel; amando con la tinta.
Da vergüenza escribir y no son las críticas el doloroso obstáculo. Esas miradas nos las tatuamos como voces egoístas de los propios conceptos, las que transforman los sueños en semovientes de cualquier cosa que escupa inconsciente afecto. Se mendiga a manos llenas con palabras que son tendencia de cualquiera, vestidos rimbombantes de identidad ajena. Desnudos entre las líneas nos encontramos. Abiertos con los trazos de una caligrafía pura y personal, aceptándonos verdaderamente estamos. Dejemos de ser la dolorosa causa.
La sonrisa es el recuerdo de haber nacido. El espejo sólo escucha y cada uno se ha apropiado del relato. El reflejo, la expresión hecha carne, eres tú.
¿Quién eres?, preguntan el lápiz y los curiosos. Si responderlo es difícil entre líneas quizás te puedas encontrar. Si el dolor te encarcela, bien podrían los trazos liberarte.
Lo aprendí de Luisa, se lo enseñó Marcela.